|
VI El pájaro revolotea, va y viene hasta el cielo, destrozando el giro de la noche y luego prueba a devorarme, abrazado angustiosamente al abismo. Lo he visto picotear con desaliento enhiesto y resplandeciente mis manos y mis sienes, como un nuncio de la inanición. El pájaro se balancea traído en la tempestad. Siento su hoguera muy cercana sostenida por sus garras y uno a uno sus picotazos que viajan siguiendo la muerte. He despertado mientras se iba aun ahíto de mi cuerpo y no hice nada por detenerlo ni detener su incesante revoloteo, porque el pájaro dejaba de existir.
|